ESCENA — SALÓN DE GALA — NOCHE

HOMBRE RÚSTICO
(se acerca con absoluta seriedad)
—Disculpe, señorita… ¿sabe usted cuánto calza?

PADRE
(interponiéndose de inmediato)
—¡Seguridad! ¡Por favor, saquen a este hombre de aquí!

ISABELLA
(alzando una mano)
—Espera, papá. Déjalo hablar.

PADRE
—¡Isabella, esto es una gala, no una zapatería!

ISABELLA
(mirando al hombre con curiosidad)
—¿Y por qué quiere saber mi talla?

HOMBRE RÚSTICO
—Porque tengo buen ojo para las hormas… y porque alguien me dejó una estrella en Mercado Libre.

ISABELLA
(confundida)
—¿Una estrella?

HOMBRE RÚSTICO
—Una sola. Y escribió: “El producto llegó perfecto, pero no me quedó”.

La invitada del vestido verde intenta contener la risa.

PADRE
—¡Eso no demuestra absolutamente nada!

HOMBRE RÚSTICO
—Precisamente. Por eso necesito hacer una comprobación.

Se acerca con cautela y observa el calzado de Isabella.

ISABELLA
—Adelante.

El hombre examina el zapato con una concentración exageradamente profesional.

HOMBRE RÚSTICO
—Ajá… tal como sospechaba.

PADRE
—¿Qué sospechaba?

HOMBRE RÚSTICO
—Que el problema no era la talla.

Todos guardan silencio.

ISABELLA
—Entonces… ¿qué era?

El hombre señala solemnemente el zapato.

HOMBRE RÚSTICO
—La horma.

La invitada del vestido verde casi deja caer su copa.

PADRE
—¡¿Y usted quién se cree que es?!

El hombre sonríe con tranquilidad.

HOMBRE RÚSTICO
—El único zapatero que consiguió descubrir por qué todos los zapatos de esta familia terminan devolviéndose.

Isabella abre los ojos, sorprendida.

ISABELLA
—Papá… creo que acaba de encontrar el problema.

PADRE
—¿Cuál?

ISABELLA
—¡Que llevamos veinte años comprando la talla equivocada!

El salón queda en silencio.

El hombre rústico levanta un dedo, satisfecho.

HOMBRE RÚSTICO
—Caso cerrado.

La invitada del vestido verde finalmente estalla en carcajadas.

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