EL NIÑO Y EL DESCONOCIDO

Una tarde, un niño llamado Josue caminaba por una calle de su pueblo cuando vio a un hombre mayor sentado solo en una banca, mirando una vieja fotografía.

Todos los días Josue pasaba por aquel lugar al regresar a casa. Había visto al hombre varias veces, siempre sentado en la misma banca y casi siempre con aquella fotografía entre las manos.

Pero ese día algo fue diferente.

El hombre tenía los ojos llenos de tristeza.

Josue se detuvo.

—¿Está triste, señor? —preguntó.

El hombre levantó la mirada y trató de sonreír.

—Un poco.

Josue señaló la fotografía.

—¿Quién es?

El hombre miró nuevamente la imagen.

—Mi hijo. Hace cinco años que no lo veo.

Josue se sentó a su lado.

—¿Cinco años? ¿Y por qué no va a buscarlo?

El hombre suspiró.

—La vida nos separó. Discutimos por algo que ahora me parece insignificante. Él se marchó y yo fui demasiado orgulloso para pedirle que regresara.

—¿Y ahora?

—Ahora daría cualquier cosa por volver a verlo.

Josue permaneció pensativo unos segundos.

—Quizás todavía pueda encontrarlo.

El hombre negó lentamente con la cabeza.

—Ya soy demasiado viejo para buscarlo.

Josue lo miró seriamente.

—Ser viejo no significa dejar de tener esperanza.

El hombre se quedó sorprendido.

Hacía mucho tiempo que nadie le hablaba de esperanza.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—Josue.

—Yo soy Don Manuel.

Antes de marcharse, Josue le hizo una promesa:

—Mañana voy a volver.

Don Manuel sonrió pensando que probablemente el niño olvidaría aquella conversación.

Pero Josue regresó.

Y llevaba una pequeña caja entre las manos.

—¿Qué es eso? —preguntó Don Manuel.

Josue abrió la caja. Dentro había monedas y algunos billetes pequeños.

—Mi alcancía. Quiero ayudarlo a buscar a su hijo.

Don Manuel se quedó en silencio.

—Josue, no puedo aceptar esto.

—Pero podemos usarlo para viajar.

El hombre colocó suavemente la caja nuevamente en las manos del niño.

—No necesitas darme tu dinero. Ya me diste algo mucho más importante.

—¿Qué cosa?

—Esperanza.

LA BÚSQUEDA

Durante los días siguientes, Josue comenzó a hacerle preguntas.

—¿Cómo se llama su hijo?

—Samuel.

—¿Dónde vivía?

—La última vez que supe de él estaba trabajando en otra ciudad.

—¿Tiene alguna fotografía más reciente?

Don Manuel negó con la cabeza.

La fotografía que guardaba era de muchos años atrás.

Entonces Josue tuvo una idea.

Con ayuda de su madre, escribió un pequeño mensaje contando que Don Manuel buscaba a su hijo Samuel después de cinco años separados.

Publicaron el mensaje en varias páginas de la comunidad.

Pasaron dos días.

Nada.

Después una semana.

Nada.

Don Manuel comenzó a perder nuevamente la esperanza.

—Tal vez deberíamos dejarlo —dijo.

Pero Josue no estaba dispuesto a rendirse.

—Usted me dijo que fue el orgullo lo que los separó. No deje que ahora sea el miedo lo que impida que se encuentren.

Don Manuel lo miró sorprendido.

—¿Quién te enseñó a hablar así?

Josue sonrió.

—Mi abuela dice que algunas personas pierden cosas importantes porque esperan demasiado tiempo para decir “perdóname”.

Aquella noche, Don Manuel tomó una hoja de papel.

Y escribió una carta.

“Samuel:

No sé si algún día leerás esto.

Durante cinco años pensé que tenía razón. Hoy entiendo que tener razón no era más importante que tenerte cerca.

Si alguna vez te hice sentir que no eras suficiente, perdóname.

No quiero recuperar los años perdidos.

Solo quiero tener la oportunidad de comenzar de nuevo.

Tu padre.”

Josue publicó también la carta.

EL MENSAJE

Tres días después, mientras Josue desayunaba antes de salir, su madre entró rápidamente a la habitación.

—¡Josue!

—¿Qué pasó?

Le mostró el teléfono.

Había llegado un mensaje.

“Mi nombre es Samuel. Creo que el hombre de la fotografía es mi padre.”

Josue salió corriendo hacia la plaza.

Don Manuel estaba sentado en su banca habitual.

—¡Don Manuel!

—¿Qué ocurre?

Josue apenas podía contener la emoción.

—¡Encontramos a Samuel!

El hombre quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—Su hijo vio la publicación.

Don Manuel tomó el teléfono con las manos temblorosas.

Leyó el mensaje una vez.

Luego otra.

Y otra.

—¿Quiere hablar con él? —preguntó Josue.

Don Manuel guardó silencio.

Después de buscarlo durante semanas, ahora tenía miedo.

—¿Y si no quiere verme?

Josue respondió:

—Entonces al menos podrá decirle lo que lleva cinco años queriendo decir.

Don Manuel respiró profundamente.

—Llámalo.

LA LLAMADA

El teléfono comenzó a sonar.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Finalmente alguien respondió.

—¿Hola?

Don Manuel reconoció inmediatamente aquella voz.

—Samuel…

Hubo un largo silencio.

—Papá.

Don Manuel cerró los ojos.

—Hijo, perdóname.

Samuel tampoco pudo responder inmediatamente.

Finalmente dijo:

—Yo también cometí errores, papá.

Hablaron durante varios minutos.

Hasta que Samuel hizo una pregunta.

—¿Sigues viviendo en el mismo pueblo?

—Sí.

—Entonces mañana iré a verte.

Don Manuel miró a Josue.

No podía creerlo.

AL DÍA SIGUIENTE

Josue llegó temprano a la plaza.

Don Manuel estaba sentado en la banca, pero aquella mañana no llevaba la fotografía.

Miraba constantemente hacia la calle.

Pasaron varios minutos.

Finalmente un automóvil se detuvo frente a la plaza.

Un hombre adulto bajó.

Don Manuel se levantó lentamente.

—Samuel…

El hombre caminó hacia él.

Durante unos segundos ninguno supo qué decir.

Cinco años de distancia estaban frente a ellos.

Finalmente Samuel abrió los brazos.

Padre e hijo se abrazaron.

—Perdóname, hijo —dijo Don Manuel.

—Tenemos mucho de qué hablar, papá.

—Tenemos todo el tiempo que Dios nos permita.

Entonces Samuel vio a Josue.

—¿Tú eres el niño?

Josue sonrió.

—Creo que sí.

Samuel se acercó.

—Mi padre me contó lo que hiciste.

—Yo solamente lo ayudé un poquito.

Don Manuel negó con la cabeza.

—No, Josue. Tú hiciste mucho más.

—¿Qué hice?

Don Manuel sacó la vieja fotografía de su bolsillo.

—Me recordaste que todavía valía la pena intentarlo.

UN AÑO DESPUÉS

La banca de aquella plaza seguía en el mismo lugar.

Pero Don Manuel ya no se sentaba allí solo.

Algunos días estaba acompañado por Samuel.

Otros días por Josue.

Y muchas tardes estaban los tres juntos.

Don Manuel conservó su vieja fotografía, pero colocó otra junto a ella.

Era una fotografía nueva.

En ella aparecían Don Manuel, Samuel y Josue sonriendo frente a aquella misma banca.

Debajo había escrito una pequeña frase:

“La esperanza llegó a mí en forma de un niño que decidió detenerse y preguntar: ‘¿Está triste, señor?’”

Porque algunas veces cambiar la vida de una persona no requiere dinero ni grandes acciones.

A veces comienza simplemente con detenernos, escuchar y recordarle a alguien que todavía existe una razón para tener esperanza.

FIN

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